Arrancando el motor del deterioro

Carlos Cordero

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Resumen


La libertad que nos vende la publicidad del coche se complace en la idea de una salida privada del desmadre de la inmensa ciudad y nos refugia en esa suerte de casa pequeña que es el automóvil en las sociedades de hoy. Tal vez convendría mirar un poco más allá de los parabrisas y ver la otra aglomeración que caracteriza a la ciudad eterna: ocho de cada diez latinoamericanos utilizan transporte público, pero se les niega el espacio urbano por la confusión entre modernización y motorización privada. En el otro lado de la vía, los 150.000 taxistas que suman Lima y Buenos Aires son ex empleados y ex profesionales casi convertidos en ex personas: pasan doce horas diarias al volante para lograr unos ingresos mensuales de entre 200 y 300 dólares estadounidenses. Si tuvieran que pagar el costo de la contaminación y los accidentes no podrían sobrevivir: esa carga se traslada al conjunto de la sociedad. Todos saben que las primeras cuatro horas pagan el alquiler del vehículo, las siguientes, la gasolina y con las últimas, llevan algo a casa. Las mismas cuatro horas de viajar en autobús convertidas en empresa privada. Como ha escrito Engwitch, en Egipto el trabajo de generaciones fue invertido en la construcción de las faraónicas pirámides y el sueño de la civilización eterna. Aquellas ciudades no sobrevivieron al monumento.

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